
El sol asalta e invade mi cuarto cuando me suena la alarma del despertador. Bajé el primero a desayunar. Café, zumo y media docena de churros para mí es más que suficiente, muy a pesar de la variedad del buffet. Algo me dice que no voy a pasar hambre. A las nueve y cuarto devolvíamos la tarjeta de la habitación y a las diez, todos los invitados a la convención (lástima, no hay ningún becario más) salíamos juntos en autobús hacia un destino guardado en el más absoluto secreto.
A mediodía, nos acomodaron en la sala de reuniones del hotel. Las charlas se alargaron lo suficiente para pasar de la silla del comedor a la del salón de conferencias, nuevamente, sin pasar por las habitaciones. A las 20h, una hora más tarde de lo previsto tras un debate más o menos acalorado, al fin, se acabaron las conversaciones de trabajo. En el pasillo, en la puerta de la 108, me topé con el servicio de habitaciones que venía a abrirme la cama. Me dejaron, entre otras, una bonita tarjeta de buenas noches (será mejor leerla ahora que cuando me vaya a acostar). Me puse el bañador, cogí el abornoz y las zapatillas blancas de baño y bajé al spa. Piscinas, hidromasaje, jacuzzi, saunas (¡de eucalipto!)… mi mente está tan en blanco que he olvidado todo lo aprendido esta tarde. Una vez cambiados, los invitados fuimos reuniéndonos en el comedor para el cóctel de las 21:45.
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Rodaballo al horno con salsa de marisco
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Carré de cordero relleno de setas con salsa de vino tinto con patata y bacon
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Góndola de piña con crema quemada
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Coulant de chocolate negro y helado de bicuit crocanti
¡Vivan los novios!
Despierto con la alarma. Las cortinas sin echar, listo, otra vez. Me meto a la ducha y descubro que el gel es a la uva moscatel. Tiene gracia, yo ya llegué a la ducha oliendo a vino. El desayuno del buffet está repleto de salchichas y huevos fritos que irán a la basura. Eso sí, de las macedonias, las rodajas de kivi, naranja, los zumos naturales, los actimeles, y las tostadas de jamón ibérico con tomate y aceite, de esas viandas no quedará género cuando salgamos de aquí.
Nos agasajaron con una visita guiada de hora y media al teatro figuerense. El sexo sería pecado, pero no te fíes de las entrevistas que diera este señor, porque raro es el cuadro que no tiene pezones (Gala, querida, eres un misterio atropológico, pues como observó un compañero, muchos de los aquí dibujados proyectan una larga y espeluznante sombra). Comimos en un pueblecito encantador. Fue la única comida en la que coincidí sentado en la mesa con uno de mis dos compañeros, y fue unánimemente designada como la más escandalosa de la convención. La verdad que fue un no parar de reír. La conversación degeneró en una retahíla de comentarios, bromas, juegos lingüísticos, de dobles sentidos, picantes o escatológicos a un ritmo vertiginoso.
A las siete montábamos en el tren en Barcelona y comentamos las anécdotas de cada uno, de cada banquete, de cada conversación. Coincidimos en que fue acertado que no nos viéramos en las mesas siendo solamente tres, sin ninguna premeditación, porque nos mezclamos mucho mejor. Desde fuera, creo que mostramos un carácter abierto y natural.
No sé cuánto duraré aquí, pero me lo he pasado teta. (En el sentido no daliniano del término).

